Mientras el viento desordenaba su cabello, lo observaba atentamente, algo en aquel color verde-pardo de sus ojos me había condenado para siempre. No quería dejarlo, la noche y medio día con él parecían aferrarme incondicionalmente como si hubiesen pasado un año de conocernos, sabíamos que no sería la última vez que nos dábamos uno de aquellos besos, nunca me despedí, nunca se despidió.
Parados en aquella esquina desconocida de una de las tantas calles de Valparaíso se acercaba el bus con destino hacia lo conocido. Lo besé, le di un abrazo y camine hacia el bus. Lo mire y en tanto me detuve en sus ojos, me envolvió una angustia por no dejar de estar ahí, me devolví rápidamente, lo abracé y un último beso, -Adiós.- dije en mi mente y subí al bus. Desde la ventana, sigilosa, lo vi alejarse con las manos en los bolsillos. No es una despedida pensé, este es el inicio de algo que nunca antes había vivido.